Rinden homenajes a Felipe Carrillo Puerto. La historia de su ejecución

Rinden homenajes a Felipe Carrillo Puerto. La historia de su ejecución

Por Rafael Gómez Chi

Felipe Carrillo Puerto, asesinado por la reacción la madrugada del 3 de enero de 1924, nunca dijo “no abandonéis a mis indios”. La frase la mandó escribir el Gobernador Bartolomé García Correa en julio de 1929 para congraciarse con el Partido Socialista del Sureste. La evidencia histórica apunta a que Carrillo Puerto fue ejecutado en silencio y sólo habría dicho que no necesitaba un cura y que tampoco dejaba herencias.

Su figura fue objeto de un par de homenajes la mañana de este domingo 3 de enero de 2021. Bajo la lluvia de la mañana, la secretaria General de Gobierno, María Fritz Sierra, encabezó una ofrenda floral en la rotonda de los hombres ilustres que inauguró en el Cementerio General en enero de 1926 el Gobernador José María Iturralde Traconis, de origen vallisoletano.

A las 08:30 horas el Partido Revolucionario Institucional también rindió un homenaje al prócer y colocó una ofrenda floral en el busto del socialista que se localiza en la explanada frontal de la Casa del Pueblo.

El cronista ya ha publicado varias historias en torno a la muerte de Carrillo Puerto. Una de ellas es acerca del momento del asesinato. El historiador Emiliano Canto Mayén escribió en un artículo periodístico que en la madrugada del 3 de enero de 1924, “en el Cementerio General de Mérida, fueron fusilados Felipe y sus hermanos Edesio, Benjamín y Wilfrido, a Rafael Urquiza, capitán de la policía; Marciano Barrientos, oficial; Francisco Tejada, agente de la policía; Antonio Cortés, ayudante y chofer del gobernador; licenciado Manuel Berzunza, presidente municipal de Mérida; Pedro Ruiz, Cecilio Lázaro, Daniel Valerio y Julián Ramírez”.

Este historiador apunta que “al momento del fusilamiento de los antedichos, sabemos que Felipe Carrillo Puerto y Manuel Berzunza iban con las manos atadas y, como aún no amanecía, se tuvo que encender fósforos en los rostros de algunos de los ajusticiados para darles el llamado tiro de gracia”.

Al dirigirse al paredón Cecilio Lázaro dijo: “Señores, en estos momentos voy a morir inocente como lo ve la justicia y la luz de Dios. Y suplico que hagan el favor de entregarle a mi esposa este anillo”. Benjamín Carrillo Puerto se lamentó así: “¡Lo que más siento es a mi pobre madre! ¡Sus cuatro hijos menores! ¡Que no nos maten como cerdos, sino uno por uno! ¡Muchachos, no me tiren a la cara, sino aquí, al pecho!”.

Canto Mayén sostiene que el licenciado Berzunza, suplicó ser el último en ser fusilado y se le concedió esta última voluntad, pero el antropólogo e historiador Faulo Sánchez Novelo, en su obra “La rebelión delahuertista en Yucatán”, dice que no se le cumplió el deseo.

Las autoridades civiles y militares montan guardia de honor en torno a la tumba del prócer Carrillo Puerto

El crimen ocurrió antes del alba. Fue a las 04:30 de la madrugada del 3 de enero de 1924 cuando a bordo de dos guaguas fueron llevados de la penitenciaría al Cementerio General. Según Sánchez Novelo tardaron 15 minutos en transportarlos desde la Penitenciaría hasta el Cementerio General, pero ni él ni ningún otro documento detalla por qué camino lo llevaron, si por la calle 59 hasta la calle 66 o por la que es ahora la Avenida Itzáes. En aquel tiempo la Avenida Itzáes no es lo que es ahora, por lo que lo más probable es que hayan sido llevados por la ruta anterior.

Felipe Carrillo Puerto y sus hermanos y colaboradores tuvieron un juicio más rápido que el de Cristo. Inició en los últimos minutos del 2 de enero de 1924 y concluyó en los primeros del 3 de enero, antes del alba.

Juan Ricárdez Broca y Hermenegildo Rodríguez fueron los criminales intelectuales, pero el Consejo de Guerra que los sentenció estuvo conformado por el Coronel Juan Israel Aguirre, presidente; teniente coronel Rafael F. Zamorano, vocal primero propietario; suplentes coronel Angel González, teniente coronel Alvaro G. Hernández y mayor Luis Ramírez; Hernán López Trujillo, juez instructor militar; Ermilo Guzmán y coronel Vicente Coyt, agentes del ministerio público; Héctor López Vales, asesor; Domingo Berny Diego, defensor; Samuel Jiménez, secretario del juzgado.

El delito fue violación de las garantías individuales que otorga la Constitución General de la República y delitos graves contra la paz pública.

No hubo testigos y se les procesó con rapidez en un acto llevado a cabo en los pasillos de la Penitenciaría Juárez.

De acuerdo con Canto Mayén y Sánchez Novelo, cuando a Carrillo Puerto lo exhortaron para que denunciara a sus cómplices, contestó que no tenía ninguno, que él era el único responsable de lo que había ocurrido en Yucatán; cuando le preguntaron que si no deseaba un confesor, dijo que no tenía ninguna religión, y cuando le ofrecieron un notario para que hiciera su testamento, contestó que no necesitaba notario, puesto que no poseía ningunos bienes.

La dirigencia priísta depositó una ofrenda floran en el busto de Carrillo Puerto en la Casa del Pueblo

El prócer fue arrestado el 23 de diciembre, luego de encallar a bordo de la canoa “Manuelita” en Holbox, tras haber salido de Tizimín y El Cuyo, el 21 de diciembre de 1923 y enviados a Mérida.

Fue encerrado en la celda número 43 de la Galera Dos de la penitenciaría Benito Juárez.

La crujía se localiza al fondo de la galera, es la última. Nadie puede acceder a ella.

En el Cementerio General, delante del muro donde lo asesinaron, se encuentra un busto con la frase “No abandonéis a mis indios”, pero no hay evidencia historiográfica que sostenga que el prócer dijo aquello. El muro mide 11 metros de largo, tres metros de altura y 50 centímetros de grosor, es de mampostería, sin revoco ni evidencia de alguna bala.

En la rotonda hay una placa que dice: “A la memoria de mis inolvidables hijos Felipe, Edesio, Benjamín y Wilfrido asesinados el 3 de enero de 1924. Su madre Adela Puerto de Carrillo”.

Detrás de la cripta del prócer están sus demás hermanos, entre ellos Elvia y el ex gobernador Agustín franco Aguilar.

Por cierto, Ricárdez fue ejecutado en Puerto Cabello, Honduras, por el coronel José Prevé Curbina, quien recibió las órdenes de Luis N. Morones, en venganza por la muerte de Carrillo Puerto.