Mérida, Yucatán, a 10 de enero de 2025.- La tarde avanzaba con normalidad en la colonia Amalia Solórzano III, en Kanasín, hasta que una casa volvió a abrirse después de un par de horas de ausencia. Adentro, algo no estaba donde debía. Una caja grande, nueva, intacta, ya no estaba. Una televisión de 65 pulgadas había desaparecido sin rastro de chapas forzadas ni puertas violentadas. No hubo estruendo, no hubo desorden. Solo el vacío.
Mientras se intentaba entender qué había pasado, una vecina rompió el silencio: minutos antes había visto a un hombre salir del predio cargando la televisión, caminar con prisa y subirla a un automóvil gris. Ese detalle, aparentemente simple, encendió la cadena de hechos que vendría después.
El vehículo fue ubicado más tarde en el oriente de Mérida. Al verse seguido, el conductor aceleró, retrocedió, giró sin cuidado y decidió huir. La persecución cruzó calles hasta que, en San Antonio Kaua, el auto quedó abandonado. El hombre bajó y corrió. Sin zapatos. Sin rumbo claro. Solo con la urgencia de escapar.
Entre andadores y patios ajenos, la fuga se volvió torpe. Brincó bardas, subió a techos, cayó. El cuerpo no respondió más. Un pie lesionado puso fin a la carrera improvisada. Ahí fue detenido.
Dentro del vehículo abandonado había quedado una pista: una identificación. Bastó para cerrar el círculo. El hombre fue identificado con las iniciales A. A. H. R., recibió valoración médica por la lesión y fue puesto a disposición de la autoridad correspondiente.
La televisión aún no aparecía. La casa seguía en silencio. Y la colonia, ya entrada la noche, volvía poco a poco a su rutina, con la certeza de que, a veces, un objeto puede desatar una historia completa de huida, persecución y caída.