Por Rafael Gómez Chi
Por las calles de ciudades como Campeche y Mérida, parecidas pero diferentes en la identidad de sus habitantes, y Cancún, donde habita la mixtura social entre chilanga, maya y extranjera, Héctor Cobá ha encontrado un escenario que parece salido de su propio libro Sed de Chela y Hambre de Botana. Si alguien quisiera leer esta obra con toda justicia, tendría que hacerlo entre mesas pegajosas, con meseros que mascullen maldiciones y orines que delaten la madrugada. Porque es ahí, en el corazón de la cultura popular mexicana, donde la cerveza y la botana dejan de ser simples antojos: se convierten en testigos de la vida social.
Cobá lo sabe y lo escribe con un pulso que se mueve entre la crónica urbana y el recetario sentimental. La “chela” aparece como un eje narrativo, un símbolo de comunión; una cerveza fría que, servida en vaso chorreado, no solo apaga la sed, sino que enlaza historias. Monsiváis lo había dicho de otra forma al considerar a las cantinas como refugios urbanos, y Ricardo Garibay lo repitió al ver en ellas un escenario literario donde la soledad se disfraza de confidencia. Cobá recoge esa tradición y la adereza con sikilpak, cacahuates, chicharrones y ceviches, cada uno palpitando como un pedazo de memoria colectiva.
“Brindar es también recordar”, parece susurrar el autor mientras describe el crujido de la botana, con el jugo del limón que se exprime “para maridar mejor con la cerveza”. En esas viñetas gastronómicas, Jorge Ibargüengoitia asoma con su ironía provincial, recordándonos que las reuniones bohemias también tienen sabor y olor. José Emilio Pacheco, en sus Inventarios, ya había olido estas cantinas húmedas donde la nostalgia se sirve en vasos de cerveza barata. Y Salvador Novo, siempre atento a la noche, sabía que la barra de un bar podía ser un escenario de teatro social.
La obra de Cobá se lee así: como un recorrido por una tradición que pasa de boca en boca, de brindis en brindis, de botana en botana. Incluso Elena Poniatowska, al hablar de la bohemia artística, reconocería que ahí, entre “jarritos y platos de guisos improvisados”, se cocina la memoria de un país.
En un México donde la sobremesa es casi un acto sagrado, Sed de Chela y Hambre de Botana suena a invitación y a manifiesto. Un recordatorio de que los placeres sencillos —una chela, una botana, un amigo— son los que sostienen la memoria colectiva. Y que cada brindis, en el fondo, es un acto de resistencia contra el olvido.
La obra puede adquirirse en Amazon y recientemente fue presentada en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán.