Juzgar a los gobernadores requiere tiempo, no fobias mediáticas

enero 21, 2026

Gobernadores al microscopio… y una historia que todavía no se escribe

Por Rafael Gómez Chi

Hoy se ha vuelto costumbre sentar al gobernador en turno en el banquillo de la opinión pública antes de que termine de acomodar sus cosas en el despacho. Se le compara, se le mide, se le sentencia en tiempo real: “mejor que el anterior”, “peor que el de hace dos sexenios”, “igual que todos”.

El problema es que la historia no trabaja con la urgencia de las redes sociales. Un gobierno no se puede medir sólo por el calor del sexenio, ni siquiera por el enojo –a veces justificado– de la coyuntura. Para verlo con claridad se necesita algo que hoy casi nadie está dispuesto a conceder: tiempo y distancia. Al menos treinta años.

Yucatán, el estado “vegetal” del siglo XX

Entre 1930 y mediados de los años setenta, Yucatán vivió una larga etapa de estancamiento que varios historiadores describen con crudeza: una economía amarrada al monocultivo del henequén, dependiente de un solo producto, un solo mercado y un solo tipo de poder.

El llamado “oro verde” había sido el motor de la región desde el siglo XIX, pero, conforme avanzó el siglo XX, el modelo empezó a fracturarse: la reforma agraria cardenista desmanteló el régimen de haciendas sin lograr una transición rápida hacia otra estructura productiva; el mercado internacional se volvió inestable y, con la llegada de las fibras sintéticas, el henequén perdió competitividad.

Hasta 1970, el cultivo seguía siendo la principal fuente de ocupación en la zona henequenera, mientras el resto de la economía no terminaba de diversificarse. Yucatán estaba, en términos estructurales, como un vegetal: vivo, pero inmóvil; con una población que trabajaba, pero atrapada en un modelo agotado, sin grandes apuestas de futuro más allá de sobrevivir a la siguiente crisis del precio de la fibra.

Esa larga planicie histórica ayuda a dimensionar por qué, cuando alguien en verdad cambia el rumbo, el efecto se nota décadas después.

Salvador Alvarado: romper la hacienda, abrir la escuela

Mucho antes de ese “Yucatán vegetal”, en plena Revolución, hubo un primer sacudidor del tablero: Salvador Alvarado. Llegó como militar constitucionalista en 1915 y terminó gobernando un estado semifeudal. En tres años emitió más de mil decretos que tocaron los nervios centrales del antiguo régimen: leyes laborales, reforma agraria, reorganización municipal, cambios en la hacienda pública.

Quien realmente sienta las bases de un cambio histórico en Yucatán es Alvarado. Sus leyes conocidas como “Las Cinco Hermanas” –la Ley Agraria, la Ley de Hacienda, la Ley del Catastro, la Ley del Municipio Libre y la Ley del Trabajo– forman un paquete jurídico adelantado a su tiempo, que reorganiza la propiedad de la tierra, las finanzas públicas, la vida municipal y las relaciones laborales. Esas normas no sólo reventaron la estructura de la hacienda porfirista; anticiparon principios que después quedarían consagrados en la Constitución de 1917 y marcaron un parteaguas social y político.

Alvarado prohibió la servidumbre por deudas, el confinamiento y los castigos corporales contra los peones mayas; canceló adeudos con los hacendados y creó comités agrarios para atender conflictos de tierra. Al mismo tiempo impulsó una reforma educativa radical para la época: educación obligatoria, laica y gratuita, más de mil escuelas y cientos de bibliotecas nuevas, formación artística y técnica en una sociedad que apenas empezaba a leer y escribir.

No fue un sexenio, ni siquiera un gobierno “normal” en términos electorales. Y, sin embargo, muchas de las bases del Yucatán moderno –la idea de derechos laborales, la expansión de la escuela pública, la ruptura legal del orden hacendario y el fortalecimiento del municipio– nacen ahí. Lo que en su momento fue visto casi como exceso de decretos se volvió, con el paso de las décadas, una de las bisagras de nuestra historia.

Felipe Carrillo Puerto: un proyecto interrumpido

A esa ola reformista se sumó, pocos años después, Felipe Carrillo Puerto. Gobernó de 1922 a 1924, hasta su fusilamiento, encabezando lo que se conoció como el “socialismo yucateco”.

Carrillo Puerto retomó la agenda agraria, impulsó leyes laborales, abrió escuelas rurales, promovió carreteras y, sobre todo, colocó a los pueblos mayas en el centro del discurso político. Defendió el uso de la lengua, apoyó ligas de resistencia campesina y fue pionero en reconocer derechos políticos a las mujeres en Yucatán, décadas antes de que el voto femenino se hiciera realidad a nivel federal.

¿Cambió el rumbo histórico? Sí, pero su obra quedó trunca. Su legado es más simbólico e ideológico que estructural, precisamente porque no tuvo tiempo. Ahí está la clave: incluso un gobierno transformador necesita años, y luego décadas, para sedimentar sus cambios.

Luna Kan: el parteaguas del Yucatán contemporáneo

Después de ese arranque revolucionario, el estado entró a su larga etapa de monocultivo y dependencia. No fue sino hasta la llegada de Francisco Luna Kan a la gubernatura, en 1976, cuando Yucatán comenzó a moverse en otra dirección.

Luna Kan no sólo fue el primer gobernador de ascendencia maya; su sola figura envió un mensaje político al campo yucateco, donde se concentraba la mayoría de la población. En su administración se crearon y fortalecieron instituciones de seguridad social para los trabajadores estatales, se ampliaron los servicios de salud y se impulsaron proyectos emblemáticos, como el Parque Kukulcán, que no es sólo un estadio de béisbol, sino un símbolo de modernización urbana y orgullo deportivo para varias generaciones.

Su gobierno coincide con el arranque de un proceso de diversificación económica: la caída del henequén obliga a mirar hacia servicios, industria ligera y turismo; el mapa urbano de Mérida empieza a expandirse y se replantea la relación del estado con el resto del país. Es un giro lento, pero es un giro.

Víctor Cervera: sacar a Yucatán del monocultivo

El otro nombre que casi nadie discute cuando se habla de cambios de rumbo es Víctor Cervera Pacheco. Gobernó primero como interino en los años ochenta, en plena crisis henequenera, y luego como gobernador constitucional a mediados de los noventa.

Su legado más visible tiene concreto, acero y mar: el puerto de altura de Progreso. Durante su primera gestión se empeñó en sacar adelante la ampliación del principal puerto de Yucatán, pieza clave de la infraestructura económica del estado en las décadas siguientes, tanto para carga como para el turismo de cruceros.

Al mismo tiempo, su época marca el impulso a carreteras, proyectos turísticos y un programa de reordenamiento henequenero y diversificación económica que empezó a romper la dependencia casi total de la fibra. Lo que en los ochenta y noventa se veía como una apuesta arriesgada –mover el foco de la economía de la plantación al mar, a las carreteras, a los servicios– hoy se entiende como uno de los grandes parteaguas del Yucatán contemporáneo.

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Si uno pone estos nombres sobre la mesa –Alvarado, Carrillo Puerto, Luna Kan, Cervera– se da cuenta de que la lista de gobernantes que realmente movieron la aguja histórica es corta. Y, aun en esos casos, los efectos no se midieron en un sexenio, sino en una generación.

Eso debería hacernos más prudentes cuando discutimos al gobierno en turno y lo comparamos con el inmediato anterior, o con el antecesor del antecesor. Hoy los juicios se dictan desde la encuesta del mes, desde la obra que se ve o no se ve, desde la simpatía o antipatía que genera una figura. Pero la pregunta importante es otra: dentro de treinta años, ¿ese gobierno habrá modificado de verdad la estructura del estado?

¿Creó instituciones que sigan funcionando?
¿Reordenó la economía para bien?
¿Dejó infraestructura que cambie de fondo la manera en que Yucatán se conecta con el mundo?

Es demasiado pronto para saberlo. Como también era demasiado pronto, en su momento, para evaluar a Alvarado, a Carrillo o a los gobernadores de la transición del henequén a la diversificación.

La historia requiere que se asiente el polvo. Yucatán sabe lo que es vivir décadas en modo “vegetal” y también sabe lo que implica, para bien y para mal, cuando alguien decide cambiar el rumbo. El problema de nuestro tiempo es que queremos ver, en seis años, efectos que se miden en treinta.

Mientras eso ocurre, el juicio más honesto quizá no sea el de absolver o condenar a los gobernantes de hoy, sino el de aprender a mirar con menos estridencia y más memoria. La historia, tarde o temprano, pondrá a cada quien en su sitio. Y será muy distinta a los trending topics del sexenio.

El Cronista Yucatán

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El Cronista Yucatán es un esfuerzo periodístico enfocado a contribuir a la opinión pública en temas que atañen a la política y a la cultura, principalmente.

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