Por Redacción
Mérida, Yucatán, 24 de octubre.— Mientras la ciudad se desperezaba bajo el sopor húmedo del sábado, en el motel Golden Suites —ese discreto refugio de amores exprés y aventuras a medio apagar— la habitación del kilómetro 2+500 del Periférico guardaba un secreto que nadie quería destapar.
La historia comenzó la noche anterior, cuando un hombre, sin compañía y sin prisa, llegó en taxi, como si fuera a cumplir con un ritual del anonimato. Se registró, tomó sus llaves, y se adentró en el reino de luces tenues, colchas brillantes y espejos estratégicos. Afuera, la ciudad seguía su rutina; adentro, parecía que el tiempo se sostenía con un hilo.
Los empleados, expertos en la coreografía de check-ins discretos y check-outs fugaces, esperaban que al amanecer llegara la habitual renovación de estancia o la inevitable salida apresurada. Pero la puerta siguió muda. Sin timbres ni voces, solo el zumbido del aire acondicionado.
Cuando entraron, la ironía se hizo carne: el lugar donde muchos buscan suspender la rutina de la vida se convirtió en escenario del final de una. Ninguna nota, ninguna pista, solo el eco del vacío. Ni amantes furtivos ni risas sofocadas; apenas la presencia de un huésped que decidió hacer del Golden Suites su último acto privado.
Ahora, el motel sigue con sus luces encendidas, listo para recibir a los próximos visitantes, porque el negocio del deseo y la muerte nunca cierra, ni en sábado.