Un día cualquiera con hambre, cochinita y heladez

febrero 1, 2026

Por Rafael Gómez Chi

Me desperté con hambre a las seis de la mañana y esperé, enrollado en un par de sábanas junto al calor de mi mujer, a que saliera el sol.

A las ocho de la mañana caminé hasta el puesto de cochinita de doña Imelda, a una cuadra de mi casa y pedí tres tortas y tres tacos, pero, carajos, no llevaba nada de efectivo. “Hay transferencia, no se preocupe, vecino”, dijo Imelda, sonriendo. Y mientras preparaba las tortas hablamos de la importancia del pan francés para la cochinita, a propósito de mi vídeo de la panadería Viernes Santo.

Desayuné, ya saben, con harto habanero. Y como tenía que ir a grabar al Palacio de Gobierno a las once, encendí la tele y colgué una hamaca, fui al cuarto de dormir y tomé una de las sábanas. Si vieran ese pedazo de tela roído, con un huequito por donde asomo mi nariz para evitar esa sensación de ahogo…

A las diez de la mañana me vestí, saqué el auto y fui por Maya. En el centro, Mike y mi socio ya me esperaban. Grabamos un vídeo sobre los bombazos en el Palacio de Gobierno en las postrimerías del sexenio de Carlos Loret de Mola e hicimos un reel de la casa de Sixto García, en la esquina de Las Monjas. El calor del centro, la gente saludándome, pidiéndome fotos, en ese cariño de los fans, me motivó a quitarme la chamarra.

Después grabamos otro vídeo en El Pocito. La verdad, me tomé tres cervezas mientras explicaba los platillos y contaba la historia de aquel cantinero que quiso enmendar a los libadores yucatecos y a las dos y media de la tarde ya estaba de vuelta en casa.

Me cambié la ropa y me metí a la cama, a enrollarme de nuevo con esa sábana a modo de Santo Sudario.

Y me dormí. Desperté y ya se hacía de noche, pero me sentía muy mal, como enfermo, con dolor de huesos. Confieso que contra de mi voluntad fui a dejar mi óbolo al sanitario y cuando salí ahí estaba de nuevo la heladez yucateca destrozando todo mi ser. Y aunque no soplaba ningún viento, esa sensación de pequeñas cuchillas en el cuerpo me destruían lentamente. Y pasé a encerrarme.

Recordé entonces a Edipo, atrapado en su ciudad, mientras la peste lo envolvía como a un prisionero de su propio destino. En mi cuarto, la heladez se sentía peor que aquella maldición, silenciosa pero inevitable. Pensé en Bernarda Alba, cerrando ventanas y puertas, imponiendo su luto de ocho años. Yo mismo parecía vivir ese luto, con el aire detenido, esperando un sonido que rompiera la rigidez de la noche.

La oscuridad se hizo más espesa, y me sentí como uno de los condenados de Sartre en A puerta cerrada. No había cadenas, pero la habitación se volvió mi infierno personal, donde mi propia mirada rebotaba en las paredes heladas. La heladez no era del clima, sino del alma.

Al carajo, me levanté en medio de un recuerdo de Saramago, sí, aquel manicomio donde los ciegos quedaban encerrados, devorados por la tragedia invisible. Así estaba yo, rodeado de fantasmas literarios, custodiado por el frío que todo lo enmudecía, esperando un desenlace que, como en toda tragedia, yo mismo no podía evitar.

Sólo atiné a exorcizar mi alma, mi cuerpo y mi mente, escribiendo esto, junto a una sopa Maruchan de camarón, habanero y limón que ni hirviendo apagaba las cuchillas asquerosas de la heladez.

Dios mío, quién sabe cuantas mentadas de madre y maldiciones proferí como desquiciado… a puerta cerrada.

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