Oigan… ¿y el Mundial con el “imperialismo yanqui” sigue en pie? 

enero 14, 2026

Entre la condena a Venezuela, las amenazas sobre México y la alfombra verde rumbo a 2026

Por Rafael Gómez Chi

Mérida, Yucatán, 14 de enero de 2026.- La imagen es potente: la presidenta de México condenando con firmeza la operación militar de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro como una violación a la soberanía y al principio de no intervención; del otro lado, Donald Trump presumiendo la operación como un golpe ejemplar de fuerza en el patio trasero de América Latina.

Casi en la misma frase, el propio Trump eleva el tono hacia México: sugiere usar fuerzas estadounidenses contra los cárteles en territorio mexicano, habla de “hacer lo que haya que hacer” y mantiene sobre la mesa la lógica de la guerra extraterritorial contra el narco. La presidenta responde que cualquier intervención armada es inaceptable y contraria a la Constitución, pero al mismo tiempo preserva la cooperación en extradiciones, laboratorios y control fronterizo.

Y en medio de esa tensión, permanece intacto un proyecto gigantesco que une precisamente a México, Estados Unidos y Canadá en el mismo escenario: la Copa Mundial de la FIFA 2026, el torneo más grande de la historia, coorganizado por las tres naciones, con partido inaugural en el Estadio Azteca el 11 de junio de 2026.

La pregunta, inevitable, aparece sola: si el discurso oficial critica al “imperialismo yanqui” por Venezuela y rechaza las amenazas de atacar a los cárteles en México, ¿sigue en pie el Mundial organizado de la mano de ese mismo socio? La respuesta corta es sí. Y ahí está lo interesante.

Condena diplomática arriba, realpolitik abajo

Desde la operación que terminó con la captura de Maduro en Caracas, la postura mexicana ha sido clara: rechazo al uso unilateral de la fuerza, defensa de la Carta de la ONU y reivindicación del principio de no intervención como columna vertebral de la política exterior.

Trump, por su parte, ha presentado la intervención como un mensaje hacia toda la región y, en concreto, como una pieza más de su “guerra contra los cárteles”, que ya venía escalando en el Caribe y ahora sugiere “empezar a pegar en tierra”, con México mencionado explícitamente como posible escenario de acciones contra el crimen organizado.

En la superficie hay choque de narrativas. En el fondo, la cooperación sigue: intercambios de inteligencia, coordinaciones puntuales contra organizaciones criminales y una relación económica que ningún discurso puede borrar de un día para otro.

Mientras tanto, la alfombra verde no se levanta

El Mundial 2026 no sólo sigue en pie; avanza a toda velocidad. FIFA ya confirmó formato, sedes, calendario general y partido inaugural en el Azteca. El torneo será el primero con 48 selecciones y el primero coorganizado por tres países, con 16 ciudades sede repartidas entre Estados Unidos, México y Canadá.

A la par, los tres gobiernos han asumido oficialmente la organización conjunta del torneo y sostienen reuniones técnicas sobre seguridad, movilidad, conectividad y operación del evento. Cancillerías y dependencias trabajan en protocolos de protección de sedes, manejo de aficiones y coordinación trilateral, todo bajo el lenguaje diplomático de “un Mundial seguro y exitoso en Norteamérica”.

Es decir: mientras México levanta la voz contra la intervención en Venezuela y rechaza cualquier escenario de tropas estadounidenses en territorio nacional, también planifica con Washington y Ottawa la logística del mayor espectáculo deportivo del planeta.

Principios, conveniencias… y la cuerda floja mexicana

En el plano de los principios, la posición mexicana es coherente con su tradición: defensa de la soberanía, rechazo a la intervención armada, insistencia en que los conflictos deben resolverse por la vía diplomática y no con operaciones relámpago. Esa línea viene de lejos y se ha citado tantas veces que ya es parte de la identidad discursiva del país.

En el plano de las conveniencias, la realidad es mucho más áspera. México comparte con Estados Unidos y Canadá un espacio económico integrado, una frontera de alta presión migratoria, una agenda de seguridad inevitablemente compartida y ahora un Mundial que exige coordinación fina en visados, aeropuertos, infraestructura, seguridad y hasta protocolos sobre drones y ciberseguridad en los estadios.

Romper con Washington por la operación en Venezuela o por las amenazas sobre el narco en México tendría un costo gigantesco. Llevar esa ruptura al extremo de boicotear o cancelar la coorganización del Mundial sería políticamente estridente, pero económicamente devastador y diplomáticamente aislante. El gobierno lo sabe, FIFA lo sabe y los estados sede lo saben mejor que nadie.

Por eso la verdadera tensión no está en el calendario de partidos, sino en el relato que México construya alrededor de esa doble condición: país que condena la lógica militar de su vecino, y al mismo tiempo socio indispensable en un evento que proyectará la imagen de una Norteamérica unida y estable.

Entre el antiimperialismo y el hospitality

No es nuevo que América Latina viva en esta doble narrativa. Se denuncia al “imperialismo yanqui” en los foros multilaterales mientras se firman tratados, se reciben inversiones y se buscan fotos cordiales cuando conviene. Lo que sí es nuevo es la velocidad y la crudeza con la que las contradicciones quedan expuestas en redes y medios.

El caso venezolano, sumado a las amenazas de usar militares estadounidenses contra cárteles en México, lleva esa tensión a un punto particularmente visible. De un lado están los comunicados que hablan de soberanía y no intervención; del otro, la maquinaria del Mundial, que avanza con patrocinadores, paquetes turísticos y campañas de “hospitalidad” compartida entre los tres países.

Habrá, además, un momento visual que condensará esa paradoja. Salvo un giro mayúsculo, en la inauguración y en la premiación del Mundial veremos en la misma toma a la presidenta de México, al presidente de Estados Unidos y al primer ministro canadiense, compartiendo palco y fotografía oficial. Esa imagen, reproducida hasta el cansancio, será leída una y otra vez como termómetro de la relación: para algunos será prueba de una ruptura que nunca se concretó; para otros, confirmación de que, pese a los discursos duros y las amenazas cruzadas, la alianza norteamericana se mantiene intacta cuando se trata de negocio, espectáculo y poder blando.

¿Qué queda para México?

Quizá la pregunta de fondo no sea si hay o no contradicción; la hay, y es evidente. La cuestión es qué hace México con ella.

Por un lado, la región observa si el país será capaz de sostener una postura firme frente a la doctrina de fuerza de Trump, que ya se expresó en Venezuela y que ahora flirtea con la idea de “pegar en tierra” en México.

Por otro, millones de mexicanos esperan que el Mundial no se convierta en rehén de esa disputa, que la fiesta del fútbol no tape las tensiones pero tampoco las agrave, y que la imagen del país no quede reducida a la de mero socio logístico de su vecino del norte.

El Mundial 2026 seguirá adelante. Habrá ceremonia inaugural en el Azteca, partidos en Guadalajara y Monterrey, estadios repletos en ciudades estadounidenses y canadienses. Nadie en su sano juicio político apuesta hoy a descarrilar ese tren.

La verdadera prueba será otra: demostrar que México puede disentir de Washington en temas tan sensibles como Venezuela y el uso de la fuerza contra los cárteles, sin romper la mesa donde se sienta con él y con Canadá a organizar el mayor evento deportivo del planeta.

Mientras tanto, la pregunta seguirá flotando, mitad sarcasmo, mitad diagnóstico: si el problema es el “imperialismo yanqui”, ¿qué hacemos con el Mundial que estamos montando de su mano?

El Cronista Yucatán

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El Cronista Yucatán es un esfuerzo periodístico enfocado a contribuir a la opinión pública en temas que atañen a la política y a la cultura, principalmente.

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