La savia humana es tiempo convertido en memoria

La savia humana es tiempo convertido en memoria

La compleja búsqueda de la felicidad y el tiempo en los detalles, en la entrega, en el trueque del amor

Por David Tovilla

Con Marcel Proust aprendemos que somos la magnitud de nuestros recuerdos. No hay tiempo perdido. El reto es reconstruir el rompecabezas vivido. Evocación es la herramienta; paciencia, el método. Acá, un instante; allá, un nombre; ahí, un contexto. Todo importa porque los significados permanecen. Sí, una sola vida, muchas decisiones; complejidad de resoluciones. Necesidad de irse; permuta para regresar. Nada es inamovible. Siempre hay huellas. La savia humana es tiempo convertido en memoria. La prueba se llama A la busca del tiempo perdido.

Pero el tiempo se transforma en espacio con Orhan Pamuk. La identidad vive en los objetos acumulados. Fuimos y no dejamos de ser porque los detalles preservados son la expresión concreta de lo vivido. Sobre todo, si conservan instantes felices. Los de entonces porque la felicidad es fugaz. Inadvertible cuando es. Obligada a verle hacia atrás, por lo general.

El hoy feliz se construye con entrega personal. Felicidad es dar sin el trueque: Dame amor para que te ame. No es fácil renunciar a esa educación sentimental, pero renuncio. Te amo porque admiro, gozo y vivo: el fragmento de pared en que te recargas, el vaso en que has bebido. Atesoro la magia de cada presente contigo. No sé qué será más tarde o en unas horas. Se acumulan vivencias, intensidades. Tantas que pueden integrar una galería real o literaria, como en El Museo de la Inocencia.

El amor es. Y los otros pueden tocarlo cuando los amantes saben exponerlo. No es la narración: es la pasión vertida en unas breves líneas. Porque hay historias de las que sólo quedan lo que fueron: palabras. Algunas, ni eso. Las menos, trascienden todo: al soporte mismo que las contiene, los protagonistas, las referencias, la muerte.

Marguerite Duras imbuye la fuerza del amor en El Amante de la China del Norte. Su veracidad surge de la intensidad. Admiramos, sentimos, nos dolemos como ella misma. La vida consiste en ser y hacer. Y Vivimos. El encuentro casual que abre la puerta para siempre. La atracción nunca explicable. La convivencia entre muy desiguales en edad, pero iguales en el corazón. El descubrimiento de los mundos alternos. La unión de los cuerpos, pero no de los destinos. El alma que impone su humanidad ante la adversidad. Amar es saber cuándo estar.

La vida ocurre. Acto que, momentos después, fue. No puede atraparse. Perdura sólo la remembranza. Permanece lo aprendido. Pensamos lo realizado o declinado, lo vivido. Porque vivir es hacerlo. En ese soplo se construye el pasado. También se perfila el futuro.

Nada poseemos más que la memoria. Por eso lo trascendental es entregarse a plenitud en cada suceso. Disolverse en el hecho amoroso. Sin antes, ni después: Ser única vez. Como los amantes al renunciar, por un lapso, a cualquier circunstancia que les rodee. En el amor, la vida se reduce a la intensidad de la ocasión. Esa es la auténtica realización, dice Juan García Ponce en Crónica de la intervención, un ejercicio de sensualidad, una apuesta por el deseo, un elogio de la libertad.

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